Macro I
(Tribuna Universitaria, 29ene07)
(Para D. Anisi, el examen que siempre quise hacer.
Y para la habitación que está junto a las gallinas...)
Es sencillo diferenciar la propensión al consumo de la intensidad en el consumo. Por ejemplo, mi propensión a tu consumo es uno sobre uno, yo sobre ti y el resto de las preposiciones adecuadas: el cien por cien desde tu nuca a los pies, entre tu cuello y el extremo más meridional del cielo, hacia tu ombligo por la línea del dedo índice. Me declaro perdidamente tan propenso a tus caderas como alérgico a la palabra adiós saliendo de tu laringe y adicto a chuparte el dedo en los autobuses para ver por dónde bebes los vientos. Absolutamente estaremos de acuerdo en que tengo ganas de comerte veinticinco horas de veinticuatro, ocho días de siete, sesenta y nueve minutos de cada hora. De hecho, mi propensión llega hasta tal punto que soy incapaz de presentar síntomas de incompatibilidad en el consumo, porque incluso cuando consumo sueño, sueño y sueño que te devoro en porciones y con extra de nata. Y claro, como la propensión es inversa al ahorro, mi cuenta corriente lleva semanas en números rojos: desde que llegaste a mis cuarteles de invierno he perdido todas las letras, que he empeñado en hacerte un diccionario con los sinónimos de la felicidad; además he liquidado una tras otra las hipotecas, los alquileres, los hipódromos y hasta la camisa de fuerza, todo por hacerte un hueco en mi agenda, junto a las costillas, y que te quedes a dormir.
Y aún así, esta propensión nada tiene que ver con la intensidad en el consumo, que depende de la hora y el modo en que abra la nevera y te encuentre. Porque he puesto tu foto en todos los yogures, debajo del “consumir preferentemente”, y tapando cualquier fecha de caducidad. Ahora me basta con llegar a la cocina, hacer que se encienda esa misteriosa lucecita, destaparte y lamerte de una manera u otra. En hora punta podemos tasarnos en seco, subastarnos a la holandesa (ya sé que esto es de Micro y no de Macro) y obtener el multiplicador más alto en menos de cinco minutos. En noches de fin de semana, sin embargo, me dedico a consumirte con una lenta intensidad esquimal, como un grano de mi saliva recorriéndote la espalda a velocidades inferiores al escalofrío por segundo, o como el movimiento de la tierra con cada latido que traiciona el silencio de la caja torácica. Hasta quedarnos dormidos sin pensar en el siguiente examen.
Escrito por el_hombre_que a las 00:17
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